En el corazón de Medellín, entre barrios y universidades, el Cerro El Volador se alza a 1.628 metros sobre el nivel del mar como un bosque suspendido sobre el valle de Aburrá. Su nombre viene de los vientos del norte que lo recorren y que todavía hacen volar cometas y parapentes.
Mucho antes de la ciudad, este cerro fue un lugar sagrado de los aburráes, que vivían en sus faldas y enterraban a sus muertos en la cima para acercarlos al cielo. Las excavaciones han registrado 16 sitios de enterramiento y piezas de cerámica que cuentan más de dos mil años de presencia indígena, y muestran que desde el siglo III antes de Cristo allí se cultivaban maíz y fríjol.
Hoy es el mayor parque natural regional del Área Metropolitana: 103 hectáreas con más de 83 especies de árboles, 106 de aves y más de 78 de mariposas, además de jardines de mariposas y colibríes. Fue el primer sitio arqueológico urbano del país declarado monumento nacional, y sigue siendo un respiro verde donde la memoria indígena camina junto a la ciudad.


