A las puertas de la sabana de Bogotá, sobre el altiplano que guarda las huellas de los primeros pobladores, las Rocas del Abra levantan paredones de arenisca sobre un valle de pastos verdes y niebla de montaña. Son abrigos rocosos que dieron refugio a los primeros habitantes de la región.
Allí, hace unos 12.400 años, cazadores y recolectores acamparon al pie de la roca y dejaron herramientas de piedra, huesos y el carbón de sus fogatas. Desde las excavaciones de 1967 se ha reconstruido una historia de más de doce milenios, en la que se suceden el frío de la última glaciación, el calentamiento del clima y las sociedades que después cultivaron y fabricaron cerámica.
Hoy, 108 hectáreas del valle son Área Arqueológica Protegida, dentro de un territorio de 1.263 hectáreas entre Zipaquirá y Tocancipá, y los mismos paredones atraen a caminantes y escaladores. Un lugar donde la historia más antigua del país se lee en la roca.


