En las montañas de la provincia de Guanentá, a poca distancia de San Gil, una pared de roca oscura se cubre de helechos y bromelias y deja caer un hilo de agua desde casi doscientos metros de altura. Las cascadas de Juan Curí bajan en escalera, de pozo en pozo, entre bosque húmedo y niebla.
La caída principal, de unos doscientos metros, da paso a otra de unos ochenta, y el agua se recoge en pozas profundas y de agua fresca que invitan al baño. Un sendero de unos treinta minutos atraviesa el bosque, con pequeñas cascadas y muchas especies de plantas, hasta el pie de la cascada, donde el rumor del agua y la bruma lo cubren todo.
A unos 23 kilómetros de San Gil, sobre la carretera a Charalá, este rincón de Santander es hoy una de las cascadas más visitadas del país: un lugar para caminar con calma y para escuchar el agua.


