A treinta kilómetros de Bogotá, donde la sabana se quiebra en un cañón profundo, el río Bogotá se precipita en una de las caídas más imponentes del país. El Salto del Tequendama baja más de cien metros entre paredes de roca cubiertas de bosque de niebla, y una bruma permanente sube del abismo hasta mojar los árboles del borde.
Para los muiscas, el salto fue obra de Bochica, que con un golpe de su vara abrió la roca para drenar las aguas que inundaban la sabana. El bosque que rodea la caída, mantenido por la humedad, regula el agua y captura carbono, y en sus ramas viven aves propias del altiplano, como la tingua bogotana, endémica de los humedales de la región.
Hoy el caudal está regulado por embalses y el río trae la huella de la ciudad, pero el cañón conserva su fuerza y su belleza. La antigua casa del hotel, frente a la caída, es una casa museo dedicada a la biodiversidad y a la cultura: un lugar para asomarse al abismo y pensar en el agua.


